Buscando el Norte tras la cuarentena

Actualizado: ago 7

UN CAMINO DE SANTIAGO DIFERENTE


A TOMAR POR CULO! – le grité al vacío Asturiano.



Co-vid, pandemia, fronteras cerradas, trabajos en standby, familiares con problemas de salud, parejas que habían dejado de serlo… Se me juntó todo en este tiempo “mágico” dónde todo se paró.


Lo llevaba muy bien, el primer mes acabé un máster, el segundo seguía pensando que podría seguir con mis planes de vida pero ¡boom! A modo de cóctel molotov inesperado, me vi envuelta en una guerra en la cual me venían las ostias por demasiados flancos y me vi superada.

No me van los conflictos armados y decidí, tomarme un tiempo para mí; un tiempo para curar heridas y tomar decisiones.


Quería hacer el camino primitivo – de Oviedo a Santiago.

Volé a Oviedo, reservé un albergue, fui a desayunar y hablando con gente me comentaron que habían muchos albergues, bares y demás, cerrados y que, si iba sin tienda ni un buen saco, no lo recomendaban. En otro momento eso no me hubiera tirado para atrás, lo contrario, me hubiera motivado y me hubiera lanzado a la aventura sin demasiado COCO, pero hace 15 días, estaba en la cuerda floja y hacernos la vida fácil debería ser un lema más habitual.

Hay veces que no estás del todo entera, que no puedes seguir con la máscara de “yo puedo con todo”. NO, a veces no se puede con todo y es NATURAL. Eso es algo que me ha costado mucho de aceptar. Cogí el camino del Norte porque había más opciones de alojamiento, porque parecía haber más peregrin@s y porque me apetecía ver el mar de vez en cuando. Sufrir por sufrir es tontería y no me apetecía.


Este año es un momento genial para hacer el camino, no hay masificaciones ni te encuentras a 400-600 peregrin@s pasando por los mismos puntos diariamente como cada verano. Encuentras una pequeña familia con la que te apoyas y socializas cuando terminas una etapa o en momentos dónde se encuentra un mismo ritmo al andar.


En mi camino me crucé con más vacas que personas; el del Norte es un camino muy recomendable para hacer este verano si os lo planteáis. Solos o acompañados, encontraréis lo que necesitáis. No es un camino fácil pero físicamente cada uno adapta el ritmo y hace los kms que mejor le van .



Muchos albergues públicos están cerrados, yo os recomendaría descargaros la App - caminoTool. En ella, hagáis el camino que hagáis, podréis consultar tramos de ruta e información pero, sobretodo, a mi me ha ido genial para gestionar los alojamientos. Podéis clicar en cualquier albergue y os aparecerá el precio, web para reservar y número de telf. que os dirigirá directamente al WhatsApp. Yo me dedicaba a preguntar en los albergues Públicos (más baratos, unos 6€ y algunos a voluntad) si estaban abiertos un día antes de llegar con un mensajito de WhatsApp.

También es recomendable, si tenéis tienda ligera, llevarla, sobretodo si no queréis depender de los albergues o si queréis decidir libremente dónde parar sin preocuparos por dónde dormir.

Nosotros dormimos al raso varias noches en alguna que otra playa y fue fantástico pero es el norte, puede llover en cualquier momento :)


A los 10 días de ruta, me sonó el despertador a las 6am, iba a juntar dos etapas cortas y andar 37km de Mondoñedo a Villalba. Me levanté de la cama y casi me caigo, me apoyé en la pared como pude y reprimí un grito para no despertar a los menos madrugadores. Cogí la mochila como pude y, cojeando, salí fuera de la habitación.

“Mierda, no puedes apoyar el pie derecho, se acabó” – pensé.

Frustración, rabia… estaba tan cerca… Necesitaba acabar el camino; dejarlo a medias me producía impotencia y ya llevaba varios meses encerrada en Barcelona con mi vida en standby intentando gestionar, sobretodo eso, la IMPOTENCIA.

Entonces pasó algo muy bonito, un peregrino se sentó a mí lado y me dijo “El camino nunca

acaba pero necesitas que tu cuerpo responda para andarlo”.

Con este chico, habría coincidido en un par de albergues en etapas anteriores pero apenas habíamos cruzado más que un saludo. “La magia del camino”, repetía siempre Javi, otro peregrino con el que había ya coincidido más a menudo y compartido varios albariños; “la magia del camino” se repetía una y otra vez en mi cabeza.

El camino tiene magia; yo siempre he sido un poco escéptica con estas cosas pero la realidad es que la vas encontrando en cada persona con la que compartes un momento, en cada subida interminable, en las vistas, entre la niebla del bosque, en las coincidencias que no acabas de entender. Hay algo mágico y muy humano a la vez.

Salí a fuera y me tomé un café en el bar de delante, desayuné y pensé en todo lo que había aprendido hasta el momento. A cabezota no me ganaBA nadie, quería terminar pero no podía andar. Las horas iban pasando, los peregrinos iban despertando, iban saliendo, unos para ir más cerca, otros más lejos.

Contacté con varios fisios, todos estaban a tope.

Sobre las 10 me llama un número desconocido, era un chico que iba una etapa por detrás que tenía hora con un fisio en Mondoñedo (dónde yo estaba). Le habían llegado voces de que había una chica que no podía seguir (YO) y me pasó el número del fisio para que me atendiera en su lugar. Estas pequeñas cosas que son tan fáciles - el te llamo aunque no te conozca y te digo “yo no llego pero ve tú” – las olvidamos cuando entramos en las ciudades y nos convertimos todos en extraños. En el camino no importa de dónde vienes, qué edad tienes, cómo te hagas llamar o que creencias puedas tener; tod@s andamos hacía un objetivo y hay un apoyo y entendimiento mutuo generalmente enorme.


“No deberías continuar” – me dijo Álex, el fisio. “Pero lo harás” – siguió.

“Este chico debe atender a much@s peregrin@s cabezotas” – pensé.

Me hizo un "apaño rápido", por mal que suene, y seguí!

De allí a la plaza del Obradoiro tuve varios momentos donde creía que no podría y pude; aprendí a andar despacio y entrené la paciencia que me hacía mucha falta.


Hacer un parón, cuando el cuerpo te lo pide, es importante. Cada uno tenemos diferentes personalidades y diferentes cuerpos que nos mueven, con los que crecemos, nos peleamos y a veces nos frustramos. Tendemos a someter al cuerpo a un cierto nivel de estrés físico para provocar una serie de adaptaciones y mejorar así ciertos aspectos, ya sea nuestra forma física o nuestra apariencia pero sin aceptar las limitaciones ni escucharnos, podremos llegar a nada.


Yo tiendo a tener mucho orgullo en este aspecto, pararme en un fisio en medio del camino de Santiago cuando he sido una persona deportista, que ha escalado, ha viajado y pateado tanto me daba cierta rabia. La pregunta es porqué? Por no haberme hecho caso antes, me he destrozado tobillos y rodillas que nunca los volveré a tener al 100%. En mi caso, ya no tengo 20 años y no soy tan atlética como lo era antes pero quizá pueda llegar a trabajar para que a los 35 esté mejor que a los 30.


Me tomé el resto de etapas con calma, tardaba unas horas más en llegar, iba más despacio, observaba más. Mi familia del camino me esperaba en cada punto para cenar, nos esperamos todos, era un momento para compartir, relajarnos y reírnos de todo y de nada.

Pisar la Plaza del Obradoiro con esta gente fue una de las mejores recompensas.

Ell@s son, sin duda, lo mejor del camino. Gente con magia!




El mundo nos rompe a todos, y luego algunos se hacen más fuertes en las partes rotas.

– Ernest Hemingway –


La pandemia nos ha roto a muchos, pero nos levantaremos más fuertes.









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