Historias de trenes: De Moscú a Pekín


La casa de mis padres está justo delante de una estación de tren. Es decir, crecí escuchando y mirando trenes e imaginando las historias de las siluetas de las personas que veía a través de las ventanas de los vagones. Creo que no es por casualidad que uno de mis libros favoritos sea El Asesinato en el Oriente Express, de Agatha Christie; la historia de un grupo de pasajeros variopintos que viajan en tren desde Estambul cruzando toda Europa.

Con esta breve autodescripción como lectora de novelas de suspense y viajera,

os podéis imaginar que viajar un tren es uno de mis planes favoritos.


El tiempo es un lujo y no todos podemos tardar una semana en llegar al destino final pero cuando viajas en tren lo de menos es el destino, lo importante es el viaje.

Cada parada, cada comida, cada persona que se acerca a tu asiento es un descubrimiento.

Es una prueba a la paciencia, a saber estar contigo mism@, a respectar el espacio de los demás. Y ese tiempo del que hablo se respira en el ambiente, está en los vagones y es una sensación que tiene cierto romanticismo que no encuentro en los aviones. En un mundo que busca llegar siempre cada vez más rápido, viajar en tren te regala una lección de humildad y sencillez.

Antes de mi 30 cumpleaños decidí regalarme una gran viaje, no me costó mucho decidirme: el Transmanchurian. Bueno, hay que aclarar algunos conceptos: el transiberiano es el tren que cruza toda Rusia desde Moscú a Vladivostok. El Transmanchurian es un tren que sale desde Moscú y termina su viaje en Pekín, atravesando Mongolia.

Sin salir del tren podrías recorrer 7621kms en 7 días pero, incluso para una introvertida como yo, qué aburrido sería, ¿no?

Antes de deslizarme por los raíles de Eurasia, decidí empezar mi viaje en San Petersburgo y amortizar el visado ruso que varios trámites, dinero, tiempo y paciencia me había costado.

Era la primera vez que visitaba Rusia y San Petersburgo me encantó. ¡Qué maravilla de ciudad! Me fascinó su arquitectura, sus canales, ¡el Hermitage!, ¿sabéis que es un museo custodiado por gatos?. Es una ciudad muy cosmopolita y me sorprendió porque a veces viajamos y nos sacudimos estereotipos, prejuicios e ideas preconcebidas simplemente observando el mundo a nuestro alrededor. Simplemente estando allí, presentes, contemplando.


Desde SP, soy así de cool, cogí el tren nocturno dirección a Moscú y me desperté en otra Rusia. La Rusia que siempre ha existido en mi imaginario; arquitectura simétrica y monocromática, imperiales estaciones de metro donde no sabes si en cualquier momento va a haber una recepción, es un set de rodaje o te has equivocado y por error estás en una sala de arte clásico. La Rusia de la Plaza Roja. Dicen que la memoria es variable y modificable aunque la utilicemos como argumento para defender una hipótesis, la memoria no debería ser testigo en una discusión pero la memoria es geográfica. Much@s recordaremos dónde estábamos cuando cayeron las torres gemelas o creeremos recodarlo ;) Creo que aunque sea alegría, decepción, magia, tod@s lo que hemos soñado con ir a Rusia recordamos lo que sentimos al llegar a la plaza Roja, no os lo voy a explicar, es personal. Mejor ve y experiméntalo tú mism@ .


Empieza aquí la aventura del Transmanchurian. Llegué pronto a la estación y con esos nervios emocionates que te recuerdan que estás viva; esos nervios que te mantienen alerta porqué imaginaos lo que sería perder ese tren. Lo busqué, bueno, buscaba el que había imaginado en mi subconstiente casi toda mi vida. Era más sencillo de lo que pensaba, bastante cómodo y estaba lleno de gente con una energia casi eléctrica. Estaban a punto de embarcarse en un viaje.

El tren es casi un organismo vivo de pasillos estrechos pero activos. El pasillo es punto de encuentro para pasajeros parlanchines, donde cargamos los aparatos electrónicos; lugar de paso para ir a buscar agua caliente para el té o los noodles, un clásico del menú de mochilera; lugar de mirones de ventana, curiosos y pensativos, coleccionistas de paisaje en la retina o en sus objetivos; lugar para inquietos de piernas que las estiran vagón arriba, vagón abajo.


Durante el recorrido, el tren hace muchas paradas y puedes elegir en cuál te quieres bajar y cuándo vuelves a subir, (OJO: no hay trenes cada día, entonces mira bien los horarios si quieres evitar tu cara qué hago aquí tres días cuando pensaba irme hoy. Menos mal que yo siempre tengo un libro en la mano y siempre me parece buen plan).

Yo me bajé en Irkutsk porque me encanta un libro de Alexandre Dumas que se llama Michel Strogoff que tiene lugar allí. Nerd, gracias. Volví a salir en Ulan-Bator para pasear por aquel gran desconocido país que es Mongolia y, obviamente, me bajé en Pekín.

Me gusta que el tren no sólo para en las grandes ciudades, en su recorrido incluye pequeñas localidades y quedé asombrada con la activdad vital que surgía de repente en estaciones que parecían desiertas siempre que el tren llegaba a una estación. Gente que sale o entra del tren, gente que lleva sus niños para ver el tren, gente que va a vender fruta, noodles, pescado ahumado, ropa, juguetes y todo lo que puedas imaginar.

Y de repente, el tren anuncia la salida y después de despedir la estación, regresa el silencio y el vacío a la estación.


Viajé sola, fue algo inolvidable y que tuvo un gran impacto en mí. Me acuerdo de cada compi de cabina; en especial de “mi babushka” (abuela en ruso) que no hablaba inglés, me enseñó un poco de ruso y siempre me daba algo de comer que compraba en cada estación para que yo probase la comida rusa tradicional. Большое спасибо, Olga!

De compis de otra cabina con los cuales me cruzé en mismo hostel de Ulan-Bator y que me adoptaron para ser la cuarta jugadora de póker.

De la pareja que conocí en el último tramo hasta Beijing que estaban de luna de miel y la pobre chica se rompió la pierna en Mongolia y decidieron continuar con el viaje. Me los volví a encontrar en la Muralla de la China, él vino conmigo y la dejó en una cafetería, me dijo "voy a hacer un vídeo corriendo por la muralla para que pueda ver todo el recorrido".

Viajar en el Transmanchurian es muy especial. Viajé sola pero nunca me sentí así.

A ratos estuve compartiendo, a ratos viajé hacia adentro y todos esos momentos reafirmaron mi amor por viajar en tren.


Marcia Mendes es polifacética.

Leedora olímpica, viajera y Google como le llamaban en la universidad "Si no está en Google, pregúntaselo a Marcia".

Además de ser crítica literaria, compagina sus dos pasiones, viajar y leer, como guía de España y Portugal.

Está hecha de fado y de generosidad. Bienvenida amiga, ya tenemos ganas de más! La puedes encontrar en ig aquí mar_mendes donde comparte sus fotos por el mundo escondida detrás de un libro y en breve nos contará sobre sus libros preferidos, tés y viajes por el mundo.


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