Viajar para conservar



Tanto si sigues confinado, como si ya estás viviendo la “nueva normalidad”, es probable que durante esta extraña etapa hayas meditado sobre el papel del ser humano en la naturaleza. Durante muchos días los medios nos han contado cómo el aire de las ciudades se ha regenerado, las flores han teñido parques, bosques y montañas con una paleta de colores nunca vista, e incluso el canto de los pájaros de repente se hizo más audible, y los animales más visibles. ¿Quién no ha visto esas imágenes de ciervos, pumas y hasta elefantes caminando en algunas ciudades del mundo?

Y es que aparte de las cifras apocalípticas, las imágenes de colapso sanitario o las caídas de la Bolsa, durante este período extraño también hemos visto esas imágenes distópicas de una Fontana de Trevi desierta, los alces paseando a sus anchas por un Yellowstone libre de visitantes, o un Machu Pichu donde sólo las llamas caminan entre las ruinas. Lugares turísticos que antes de la pandemia siempre contaban con la presencia humana, en algunos casos con grandes masificaciones.



Con la crisis del Covid-19 la industria turística sin duda ha sido el sector más afectado, paralizándose el movimiento global de turistas en un 100%, con las consecuencias que ello ha tenido en la economía en muchas regiones del mundo. Pero el lado positivo es que sin turistas parece que la naturaleza respira y los espacios naturales se han aliviado de la presencia humana, liberando entornos de gran valor de las grandes masas de viajeros.

En ese sentido muchos medios se han hecho eco de reflexiones sobre la fórmula turística pre-pandemia, y la necesidad de replantear la industria turística como la hemos conocido hasta el día de hoy. Pero, ¿cómo era el turismo hasta ahora?


Si has visto la película La Playa (2000) recordarás a Leonardo DiCaprio nadando en las aguas transparentes de la isla de Koh Phi Phi. Este lugar se hizo famoso gracias al film, aumentando la llegada de turistas. Cerca de 300 embarcaciones a motor acercaban cada día a más de 5000 turistas que apenas tenían espacio para tomar el sol. Afortunadamente en 2018 el gobierno de Tailandia cerró esta playa al turismo por el impacto ambiental que se estaba produciendo en este paraíso natural, por molestias a la fauna y la flora, la contaminación del agua y el aire o la contaminación acústica.

Siguiendo en Asia, recuerdo el viaje que guié por Vietnam. Se trata de un país superpoblado, con grandes masas de gente y donde la deforestación responde a cuestiones de espacio y obtención de recursos, pero no es una respuesta al turismo como tal. Desde tiempos remotos en la actividad agrícola se empleaban elefantes asiáticos que se iban capturando a medida que se talaban bosques o llegaban a los cultivos de frutas. Sin embargo, la transformación de la agricultura y sobre todo la terciarización de la economía cada vez está dejando más de lado el uso de elefantes como “maquinaria”. Sin embargo paradójicamente los elefantes siguieron empleándose, pero con fines turísticos, creando una demanda artificial de estos animales con lo que esto supone. Por unos pocos dólares podremos subir en los lomos de un elefante asiático y tener nuestra foto para las redes sociales.

Para todo aquel a quien le gusten los animales y la naturaleza, estos dos ejemplos de prácticas turísticas deberían resultar aberrantes y hasta dolorosas. En mi caso, así lo siento, y es que hace ya 20 años que decidí dedicarme a la conservación de la naturaleza, y unos 10 cuando mi camino se enfocó además hacia el turismo. ¿Y por qué? Pues porque el turismo puede ser una herramienta de conservación y no sólo de destrucción.



El turismo es uno más de los servicios ecosistémicos que ofrece la naturaleza. Así como un bosque nos proporciona servicios como evitar la erosión del suelo, aumentar la captación de agua o regular las temperaturas, también nos ofrece un valor estético o una mejora de nuestro bienestar. En este último caso hablaríamos de servicios ecosistémicos culturales, todos aquellos que comprenden la inspiración estética, la identidad cultural, el sentimiento de apego y la experiencia espiritual asociada a la naturaleza.

En este sentido el disfrute de la naturaleza atrae mundialmente a millones de viajeros, ofreciendo estos beneficios tanto a proveedores de servicios como a visitantes. Una vez comprendemos que el turismo de naturaleza es un servicio como tal, la población que disfruta de éste lógicamente se involucrará en su conservación.


Pongamos algunos ejemplos de cómo los turistas y los profesionales del turismo podemos contribuir en la conservación.


Durante varios años he trabajado como guía de safaris en Botsuana. Uno de los mayores atractivos del país es la Reserva de Savute dentro del Parque Nacional de Chobe. Este parque es uno de los más grandes de África, y dentro de él encontramos algunos de los animales más amenazados del planeta. Por este motivo existe un flujo de cazadores furtivos que se mueven desde los países colindantes para dar caza a elefantes, leones o rinocerontes, muy apreciados en el mercado negro asiático. Recuerdo que hace un par de años me encontraba recorriendo el parque con un grupo cuando de repente observamos unas personas corriendo por mitad de la sabana, ¿qué estaba pasando?

Ningún turista o ninguna persona en su sano juicio se expondría de tal manera a la fauna salvaje, por lo que entendimos que se trataba de furtivos. Rápidamente pusimos este hecho en conocimiento de los rangers. Con la presencia de turistas somos muchos más los ojos que vigilan la presencia de furtivos, y además dotando de un valor económico a un animal que está vivo y que sirve como recurso turístico, ayudamos a reducir la demanda del animal muerto.


Por otro lado, los datos de nuestras observaciones pueden ser útiles para aquellas organizaciones que se dedican a proyectos de conservación de la fauna. Por ejemplo, en estos años he detectado que algunas de las especies de aves que solía ver han comenzado su migración antes de tiempo, y de la misma manera algunas han adelantado su llegada. Nuevamente la posibilidad de registrar datos de observaciones a través de nuestros viajes y actividades se perfila como una buena contribución a la conservación. Eso sí, habremos de tener en cuenta que no podemos registrar o revelar la localización de especies amenazadas o muy sensibles.

Una interesante fórmula que vincula turismo y conservación es la custodia del territorio. Esta es una fórmula de gestión de zonas naturales en las que el propietario y una entidad pública o privada se unen para dar un aprovechamiento nuevo y sostenible a ese espacio. Por ejemplo, en zonas de Rumanía, Portugal o mismamente en Castilla La Mancha existen terrenos de uso agrícola que han sido adaptados como recurso turístico mediante la instalación de observatorios o hides, charcas artificiales o refugios de fauna, que sirven como atractivo para la colonización y llegada de especies, aumentando la biodiversidad, pero además captando visitantes deseosos de avistar y fotografiar especies que dejan un rendimiento económico al propietario y al gestor.



En realidad, cada vez que contratamos a un guía o a un profesional del turismo de naturaleza estamos contribuyendo a la conservación, puesto que sus ingresos económicos dependen del mantenimiento de los recursos naturales que le sirven para el desempeño de su profesión. Sin embargo, aquí no vale todo: el guía o la empresa deberían desarrollar su actividad de una manera sostenible y respetuosa, minimizando el número de participantes para reducir las molestias, evitando períodos de cría y reproducción, áreas sensibles, o acercamiento a especies muy amenazadas. El guía además es responsable de que cuando viajemos a la naturaleza adquiramos conciencia de nuestro mundo y la realidad y aprendamos las amenazas a las que está expuesto nuestro planeta: el turismo es además una herramienta para la educación ambiental.



Debido a la pandemia muchos espacios naturales del mundo están viendo reducidos sus ingresos, los fondos para conservación se están viendo mermados, y el valor de la fauna viva empieza a decrecer ante la ausencia de turistas con el consiguiente aumento de la caza furtiva. Por ello el turismo es importante, exige de un replanteamiento y cambiar la fórmula para no volver a playas masificadas donde la estrellas de mar mueran a manos de turistas ni a las fotos con leones en Instagram. Construyamos un nuevo paradigma a partir de la experiencia exitosa y sostenible en muchos lugares del mundo, para poder seguir viajando, de manera responsable, pero sigamos viajando para seguir conservando.

Tras muchos años de experiencia en distintos países del mundo y como guía de fauna y naturaleza y además conservacionista, fundé Be wild & travel, una apuesta por el lado más salvaje de la naturaleza, donde la sostenibilidad y la conservación son pilares fundamentales. Nuestras experiencias y viajes por España y todo el Mundo tratan de crear conciencia del papel que el turismo responsable tiene en la conservación del patrimonio, tratando de sensibilizar sobre las amenazas sobre la biodiversidad, contribuyendo registrando nuestros avistamientos y colaborando con ONG conservacionistas, y por supuesto respetando la fauna y al hábitat en el que viven. Esperamos poner en marcha nuestro primer proyecto de custodia del territorio muy pronto, mientras tanto, te invitamos a viajar para conservar.



ESTHER MURCIANO

Fundadora de Be wild & travel

EXPERIENCIAS PARA CONECTAR CON TU NATURALEZA info@bewildtravel.com www.bewildtravel.com +34 610 898 118


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